Página de Carlos Veci para la investigación del carlismo en Cantabria.

Con Javier Martínez Sellers y Enrique Gudín de la Lama gané el Certamen nacional de Jóvenes Investigadores en la categoría de Artes y Humanidades con un trabajo sobre la primera guerra carlista en Santander.

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Desaparecer antes que claudicar

En 1931, el periodista Joaquín Arrarás dejó la dirección de El Diario Montañés, el periódico de la Editorial Católica Montañesa. Arrarás había renovado técnica y periodísticamente el medio de comunicación cántabro. Para sustituirle, fue elegido el experimentado Melchor Ferrer.

Fuente

Melchor Ferrer Dalmau (1888-1965), catalán, de Mataró, había trabajado para varios periódicos carlistas. Durante la primera guerra mundial había luchado en las filas de la Legión Francesa. También había sido, durante veinticinco años, secretario del rey don Jaime. Su afinidad a la causa del Carlismo era incuestionable y llegaba a Santander en un año complicado para la Monarquía: 1931.

A la institución monárquica dedicó Ferrer sus primeros editoriales. Da fe de ello José Simón Cabarga en su Historia de la prensa santanderina, en la que refleja la tensión que debió de vivir Ferrer entre su lealtad concreta y su trabajo en el periódico fundado en 1902 como órgano católico. Además, en 1931 los militantes republicanos habían conseguido implantar la II República, que prometía reformas profundas en ámbitos como el económico y el social.

Simón Cabarga recoge un testimonio de Ferrer sobre su tiempo, un año, el 1931, como director de El Diario Montañés: «Una monarquía aspirante, un cambio de régimen, y la correspondiente entronización en el Gobierno de las fuerzas del sectarismo eran una situación difícil para un periódico como El Diario Montañés, que preferiría desaparecer antes que claudicar en lo más mínimo». (Simón Cabarga, J., Historia de la prensa santanderina, Centro de Estudios Montañeses, 1982, pp. 276-277) 

Don Cipriano de los Corrales

Artículo publicado en la revista Tradición (número 4, 5 de febrero de 1933, pp. 19-20) por José María de los Corrales. 

Don Cipriano de los Corrales

Era en el mes de mayo de 1855, cuando estaba preparado un alzamiento carlista, que habían de iniciar fuerzas del Ejército en casi toda España, para ver de colocar en el Trono al Conde de Montemolín, o sea a Carlos VI.

Uno de los comprometidos a secundar el movimiento, era el Comandante de caballería cuyo nombre encabeza estas líneas, natural de Meruelo, de esta provincia, que siendo católico fervoroso, antiliberal y carlista, era a la vez inteligente y buen militar. Se le ofreció dinero –lo que él quisiera- antes de alzarse en armas por si el intento fracasase, pues podía necesitarlo él o su familia, y lo rechazó diciendo que él no haría aquello por todo el oro del mundo, sino por la Religión y que su familia nada necesitaba. 

Y salió de Zaragoza al frente de la mayor parte de la caballería que le guarnecía, y de algunas docenas de paisanos, comprometidos a salir también. Antes de emprender la marcha, llevando consigo a su hijo mayor, joven de 15 años, se despidió de su esposa y de sus otros cinco hijos, pequeñitos todos, pues el mayor tenía ocho años y el menor ocho meses, y la entregó dos mil reales, que era su único capital, y con el que tenía que ir a Santander, ella y sus hijos, y seguir viviendo, en espera de los acontecimientos.

Quince o veinte días haría que la esposa del comandante Corrales había llegado a Santander, sin haber vuelto a saber de su marido, cuando se encontró en la calle un sacerdote, que iba leyendo un periódico, y aunque no le conocía, se puso frente a él y le dijo: “¿Podría usted decirme qué noticias hay de la tropa que se sublevó en Zaragoza?” Y la contestó: “Señora, está todo terminado, lo acabo de leer; ya fusilaron a los tres principales sublevados.” ¿Los nombra el periódico? “Sí, verá usted : el primero don Cipriano de los Corrales”… “No me diga usted más” Y se marchó llorando. 

Sea por lo que fuese, no se secundó el movimiento del comandante Corrales, y viéndose abandonado a sus solas fuerzas, decidió el pasar la frontera, después de decir a su tropa que acogiese el indulto que dió el Gobierno. Pero en la provincia de Lérida, al atravesar las sierras próximas a Agramunt, los milicianos de esta villa le cortaron el paso y le hicieron prisionero, siendo fusilados a los pocos días, juntamente con dos oficiales. Según carta del sacerdote que le confesó y le acompañó hasta el último momento, escrita a la viuda, su muerte fué edificante no muriendo por otro ideal que la Religión, y le llamaba santo, un mártir. Media hora después de fusilado, llegó para él el indulto.

Cinco años más tarde se sublevó el general Ortega, siendo ayudante suyo el capitán de caballería don Francisco Cavero, que en la guerra carlista de 1872 al 76, figuró y fué general distinguido y muy valiente, a cuyas órdenes estuvo el que esto escribe, en alguna acción. Si el comandante Corrales hubiera vivido, seguramente que también habría figurado como uno de los mejores generales de aquella guerra. Pero murió y fué mártir; y yo, que no le conocí, pues tenía pocos meses de vida, me honro en ser hijo suyo.

José M.ª de los Corrales

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En un artículo sobre la revuelta de 1855, en la que participó Cipriano de los Corrales, el historiador Antonio Caridad Salvador se aproxima de otra manera a su figura y completa el testimonio del hijo. 

Referencia: Caridad Salvador, A., “El carlismo aragonés en armas. La revuelta de 1855”, Cuadernos de Historia Contemporánea, 36, Universidad Complutense de Madrid, 2014, pp. 165-188.

Cipriano de los Corrales había combatido como teniente en la primera guerra carlista y se había acogido al Convenio de Vergara en 1839. Reintegrado al ejército, en 1854 fue destinado a Zaragoza, en donde ese mismo año participó en el alzamiento progresista contra el Gobierno de los liberales moderados. Un año después encabezó la sublevación de los carlistas en la ciudad.

“De esta manera, a las diez de la noche del 22 de mayo se presentó en el cuartel del escuadrón de Bailén en Zaragoza, pretextando que su caballo estaba enfermo. Se puso entonces a jugar a las cartas con los oficiales de servicio, mientras los sargentos implicados dejaban entrar en el cuartel a paisanos armados, entre los que se encontraba Gregorio Puelles. Una vez estuvieron todos dentro, los suboficiales irrumpieron en el cuarto de estandartes, sorprendiendo a los mandos que se encontraban jugando allí. Entonces, el capitán Corrales tomó el control del cuartel, mientras los oficiales eran encerrados en un cuarto y los sargentos daban vivas a Carlos VI, pese a ser muchos de ellos de familia liberal (1). A continuación los sublevados reunieron a la tropa y leyeron una proclama, en la que justificaban su rebelión por la necesidad de defender la religión (amenazada por la desamortización de Madoz) y el trono (en peligro por la llegada al poder de los progresistas) (2)”.

(1). Pirala, A.: Historia contemporánea… v. 1, p. 672. Ferrer, M., Tejera, D. y Acedo, J.: Historia del tradicionalismo… v. 20, pp. 150 y 151. AGA, caja 54 / 5550. LL, 24 de mayo de 1855.
(2). De Jaime, J. y De Jaime, J.: Manuel Marco… pp. 54 y 225-227.

Caridad Salvador, A., “El carlismo aragonés en armas. La revuelta de 1855”, Cuadernos de Historia Contemporánea, 36, Universidad Complutense de Madrid, 2014, p. 172

El relato completo de la rebelión puede encontrarse en el artículo de Antonio Caridad Salvador. El estudio incluye dos mapas con los movimientos carlistas en los que figura el de Cipriano de los Corrales. Éste, en huida con sus tropas, llegó a cruzar a Cataluña, en una marcha que el historiador juzga “increíble”. En un lugar llamado Sacroca es apresado el hijo mayor de Cipriano de los Corrales, hecho que, sorprendentemente, no cuenta el hijo pequeño en su relato en Tradición. Corrales se entregó el 7 de junio. Fue fusilado el día siguiente, a las 7 de la mañana.

Antonio Caridad Salvador opina en sus conclusiones que el militar de Meruelo se había unido a la rebelión para conseguir algún ascenso. Argumenta a favor de esta tesis el hecho de que hubiera participado ya en la rebelión progresista de 1854, que le había procurado un ascenso a comandante, aunque esto quizá deberíamos preguntárselo al propio Cipriano de los Corrales,  que ya había participado en la primera guerra carlista o a su hijo pequeño, José María de los Corrales, que cuenta orgulloso que su padre rechazó dinero por alzarse y que tantos años después mantenía vivos los ideales de la revuelta de 1855.

Cuando Carlos VII decidió levantar la bandera

Foto de Gaspard-Félix Tournachon - NYPL Digital Gallery -
Dominio Público
"Cuando España había emprendido el camino de la perdición, no pudiéndose contener la avalancha del liberalismo, que atropellando todos los obstáculos que se le oponían concluyó por inundar todos los ámbitos de la nación (dejándola en el estado actual) asfixiada, don Carlos, empuñando la bandera, trató desde su destierro levantar aquellos ánimos adormecidos y lo consiguió afortunadamente en las regiones que mejor comprendían las santas ideas sustentadas por el Caudillo, como Cataluña, Vizcaya, Navarra, Guipúzcoa, Álava, el Maestrazgo, etc. Y llegaron sus destellos a Cantabria, donde al conjuro de varones ilustres como los Pereda, Calderón, Velasco, Mazarrasa, Cereceda, Solares y tantos otros, se formaron círculos donde nos congregábamos viejos y jóvenes y oíamos la voz de ilustres conferenciantes que iban infiltrando en nuestros pechos las ideas salvadoras de la Tradición, constituyendo esto en aquella época una virtud imponderable si se tiene en cuenta el sentido liberal de la población y lo reciente de la guerra Carlista, que es aquí donde más repercutió."

José de la Lastra / Jefe Regional de Cantabria

"En el centenario de Pereda", publicado en el número 3 de la Revista Tradición (1 de febrero de 1933). pp. 52-53


El primer carlismo montañés: aspectos sociales y localización

Sánchez Gómez, Miguel Ángel. El primer carlismo montañés: Aspectos sociales y localización geográfica. Tantín, Santander, 1985.

Se trata de un breve estudio sobre los principales núcleos carlistas en la región y el estrato social al que pertenecen los voluntarios cántabros que tomaron partido por don Carlos en la primera guerra carlista (1833-1839). Hay trabajos posteriores, pero algunos apuntes que realiza el autor son muy buenos de cara a comenzar una investigación sobre la primera guerra carlista en nuestra región.

De entrada, nos presenta un documento inestimable: una reproducción del Boletín Oficial de Santander desde el número 100 de 1838 (16-XII) al 15 de 1839 (21-II) con el nombre de 711 hombres integrados en el bando carlista. Este “censo” se hizo porque, por orden del liberal Espartero a finales de 1938, debían ser expulsados de la provincia los padres de estos “facciosos” y los bienes les serían confiscados. El número de carlistas cántabros debió de ser superior al que aparece en este “censo”, pero no deja de ser un buen punto de partida. Hazas de Cesto, Meruelo, Bárcena de Cicero, Argoños, Santa María de Cayón y Escalante son los lugares que más voluntarios aportan en función del total de habitantes. Nótese que se encuentran en el noreste de Cantabria.

Resulta muy interesante que Miguel Ángel Sánchez Gómez también sea autor de un trabajo sobre la Quinta Brigada de Voluntarios Realistas, que opera en Cantabria durante la llamada “década ominosa” de Fernando VII. El trabajo anterior de Sánchez Gómez le permite hacer una comparación entre los principales núcleos carlistas de la región y los núcleos que contaban con más hombres (con respecto al total de sus habitantes) entre los Voluntarios Realistas. Existe, ciertamente, una correlación. Los principales núcleos carlistas con las zonas más favorables al realismo que se da en años anteriores. Hazas de Cesto y Santa María de Cayón son los casos más reseñables.

Con respecto al origen social de los carlistas cántabros, la mayoría proceden del campo (91,6% del total) pues el 83,4% -la inmensa mayoría- procede del bajo campesinado y el 8,2% son hidalgos rurales.

El autor también plantea la hipótesis de que de que algunos “facciosos” en precaria situación económica (huérfanos, hijos de viudo o de viuda) se enrolaran huyendo del alistamiento en el ejército liberal porque el Carlismo les ofrecía mejor perspectiva para vivir. Sobre este asunto ya advierte el autor que no posee la documentación para afirmarlo con seguridad y es sólo una hipótesis, aunque motivada por el alto grado de voluntarios con una posición económica posiblemente complicada. Respecto a que pudieran realizarse levas forzosas en el bando carlista, resulta harto difícil. ya que existe una tradición realista en las zonas con más miembros en el Carlismo.


La revista Tradición

Tradición fue una revista que nació en enero de 1933 fruto del trabajo de varios jóvenes carlistas santanderinos. La dirigía Ignacio Romero Raizábal, el primer administrador fue Nicolás Zamanillo y el redactor jefe fue Manuel Pombo Angulo (1).

Con el paso del tiempo comenzó su difusión a nivel nacional y se amplió la procedencia de sus colaboradores. La periodicidad fue quincenal de 1933 a 1934 y pasa a ser mensual en 1935 (año en que desaparece). En Tradición comenzaron escribiendo los más destacados personajes del tradicionalismo cántabro y a medida que crece la revista se incorporaron las grandes figuras nacionales del carlismo, que convirtieron a la revista cántabra en una  referencia nacional e internacional.

Con gran provecho para todos los historiadores del Carlismo y para aquellos interesados en conocer la doctrina que defendieron los intelectuales carlistas, la revista Tradición se puede encontrar digitalizada en el siguiente enlace: Biblioteca Virtual de Prensa Histórica


Más contenidos sobre la revista Tradición en este blog AQUÍ.




[1] Cfr. Sanz Hoya, Julián. De la resistencia a la reacción. Las derechas frente a la Segunda República (Cantabria, 1931-1936). Servicio de publicaciones de la Universidad de Cantabria, 2006. p. 140-141

El mártir que sintió verdadera pena por sus verdugos

Santiago Mata ha publicado en 2013 el libro Holocausto Católico sobre los mártires de la Guerra Civil. El 27 de diciembre de 2013, aniversario de la matanza del buque prisión Alfonso Pérez, ha escrito en su blog en Infocatólica sobre tres beatos asesinados en el barco, que se encontraba anclado en aguas de Santander.

A tenor de la semblanza que escribe Santiago Mata habrá quién se pregunte por qué la recogemos en este blog dedicado a la historia del Carlismo en Cantabria. Lo hacemos porque, aunque no aparezca en la semblanza de Infocatólica, José María Corbín fue un destacado miembro de la Comunión Tradicionalista. Antes de morir dejó testimonio de su ideario. Sus últimas palabras fueron: "Por Dios y por España, y ¡Viva Cristo Rey!"

Estampa del beato José María Corbín Ferrer

Retrato de José María Corbín en la Iglesia del Santísimo Cristo de Santander.

El retrato se encuentra actualmente en una nave lateral de la iglesia del Cristo, donde el beato estuvo enterrado hasta que su cuerpo fue trasladado a Valencia.
Foto: página de José Álvarez Limia